Una voz en el aire
Casi ni me acuerdo de la primera vez que lo sintonicé, pero sería en los noventa, cuando presentaba Turno de Noche, su franja horaria, mi preferida para escuchar la radio. Era un oyente habitual y sin embargo pasaron muchos años hasta que un día descubrí que este locutor era ciego. Ni lo sospechaba, pero enterarme de su ceguera hizo que admirase su trabajo todavía más. Creo que la falta de vista potenció el resto de sus sentidos, sobre todo el oido, y su capacidad para escuchar, la verdadera esencia de la radio.
En las Facultades de Periodismo se imparten asignaturas de radio. A los alumnos deberían enseñarles los programas de Cebrián porque son un ejemplo muy instructivo de cómo aprovechar los recursos del lenguaje radiofónico. Otros programas del dial apenas se limitan a una combinación de voz y música, pero La Rosa de los Vientos explotaba muchos más recursos. Además de combinar voz y música con diferentes modalidades, sacaba partido de efectos sonoros con los que se creaba una atmósfera muy sugerente que estimulaba la imaginación. Los pasajes de la historia, un objeto de coleccionista, son inolvidables.
En la Rosa de los Vientos también participan estudiantes de periodismo que cada verano entran en Onda Cero a hacer prácticas. Al principio nerviosos, trabucándose por la emoción del directo, pero a medida que pasaban programas lo hacían cada vez mejor. Yo, que sé lo que es ser becario porque lo fui en su día en diversos medios, percibí pegado al transitor como ganaban confianza al lado de Juan Antonio Cebrián.
"Encantado y feliz como una lombriz", así de entusiasta se presentaba cada noche este periodiosta castellanomanchego al empezar su programa. El infarto se llevó su vida a traición, sin dejarle tiempo para despedirse de sus oyentes, pero no hace falta que se despida porque de alguna manera su voz sigue en el aire, sonando como siempre.
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